Hace dos años, el Comandante del ARA Almirante Irízar, Capitán de Navío Sebastián Musa, nos recibió en la cámara. Él había compartido su paso por el rugby del Centro Naval junto a Carlos “Loncho” Landa, arqueólogo especializado en campos de batalla. Desde hacía algunos meses nuestro equipo había comenzado a investigar la relación entre las Malvinas e Isla de los Estados durante la gobernación de Luis Vernet (1828-1833). Fue entonces que, conversaciones de por medio entre Landa y Musa, este último nos ofreció una serie de mapas y cartas del Servicio de Hidrografía Naval, para luego convocarnos a esta misteriosa reunión.
La excusa de este encuentro era presentarnos a una persona que marcaría el inicio de una enriquecedora relación: el Capitán de Navío VGM (R) Roberto Ulloa.
Así fue que conocimos a quien ahora llamamos familiarmente “Roberto”, con su característica sonrisa y su rostro curtido por la sal de los mares. Casi un personaje de Hemingway. La sintonía fue inmediata. Comulgamos en el mismo espíritu que nos llevaría a los derroteros del Atlántico Sur. Para ello, Roberto ya daba los primeros pasos para construir la expedición “Aquí hay dragones”, a cuyo plan nos acoplamos tras una breve charla con el Capitán Musa de testigo (la expedición Aquí hay dragones se denomina así por la leyenda escrita en los mapas antiguos Hic Sunt Dracones; este escrito advertía a los navegantes de que la suya sería una travesía azarosa en aguas desconocidas. Ver nota “Sobre islas y dragones: una expedición al fin del mundo” en BCN 867). Compartíamos, sin saberlo, un mismo objetivo: poner en valor aquella historia soterrada de marinos, presidiarios, náufragos, torreros y loberos aún invisibles tras la bruma que oculta la isla.
Ubicación geográfica de la Isla de los Estados, Tierra del Fuego, Argentina.
Una vez ensamblados con la expedición, como equipo arqueológico nos preparamos para un desafío inédito: realizar arqueología con un punto de no retorno. Pese a haber hecho prácticas arqueológicas en distintas partes del mundo, entre ellas las Islas Malvinas, la Isla de los Estados presentaba un enorme desafío, dado que allí cualquier inconveniente podía resultar trágico. Entre otras acciones, esto requería surcar las temibles aguas del estrecho de Le Maire, a la vez que conocer el funcionamiento y las prácticas de la marinería, con el objetivo de brindar el mayor apoyo posible. A tales fines, nos preparamos física y mentalmente: nos instruimos en el arte de la navegación y preparamos nuestros espíritus para tal empresa.
A partir de una investigación exhaustiva en archivos y repositorios, decidimos seleccionar una serie de asentamientos ubicados en la cara norte de la isla, por la Armada Argentina en diferentes actos soberanos. A estos se sumaba la búsqueda arqueológica de pecios y campamentos de náufragos, como el Espora, famoso bergantín goleta del Comandante Luis Piedrabuena. El equipo de investigación llevó a cabo dos campañas: una primera aproximación en 2025 y una segunda, más extensa, en 2026, que es el motivo principal de este artículo.
Tripulación de la expedición “Aquí hay dragones” a bordo de los veleros oceánicos Pampa Mía y Galileo..
La actividad arqueológica posee ribetes detectivescos que implican una investigación sistemática y detallada de cada punto a relevar. Estas etapas son las propias de un diseño de investigación e implican instancias diferentes: relevamiento, registro, excavación y análisis e interpretación de los datos. A sabiendas de que solo poseíamos un máximo de tres semanas, debíamos aprovechar este tiempo para extraer toda la información posible. Por ende, sabíamos que esta sería una primera experiencia para constatar el potencial arqueológico de cada sitio. Esto implicaba prospecciones (superficiales y subsuperficiales), sondeos estratigráficos y registros arquitectónicos. El equipo de arqueólogos en la isla estuvo conformado por S. Ávila, N. Ciarlo, C. Landa y A. Raies.
Puntos de interés relevados arqueológicamente durante las expediciones 2025/2026.
Una mañana de enero, la Isla de los Estados se manifestó ante nosotros entre escarceos en ebullición. Nos encontrábamos a algunos kilómetros de lo que Julio Verne había bautizado como el “faro del fin del mundo” y desde allí podíamos observar las escarpadas laderas donde había sido montado en el año 1884 por la Armada Argentina (una reproducción libre del faro original, que ahora se erige en el sitio, fue construida en 1997, por una expedición francesa).
Material arqueológico proveniente de San Juan de Salvamento.
Al entrar en el fondeadero de San Juan Salvamento, desde el velero observamos algo construido por la mano del ser humano adentrándose en las aguas: un espigón de piedra sobre el que reposaba un oxidado pescante. Estábamos ante los restos de la antigua subprefectura y prisión creadas en el mismo año que el faro. Allí habían funcionado, sobre la línea de la barranca, además de barracas para la marinería, otras estructuras de las que se localizaron sus posibles basamentos y materiales asociados (maderas, clavos, vidrios, etcétera).
Faro del fin del mundo (oficialmente, San Juan de Salvamento).
Ascendimos, no sin dificultad, hacia el peñón donde se había establecido el famoso faro junto a la casa del oficial torrero: una estación meteorológica, un corral y un huerto. En este sitio se realizaron tareas sobre los restos de la tablazón original del faro para estimar su ubicación, forma y dimensiones. A partir del registro fotográfico y medición de las maderas y chapas dejadas tras ser desmantelado, pudieron identificarse elementos de las paredes y del techo, y así se calculó, de manera estimada, el diámetro original de la estructura. Esta información, en conjunto con fotografías históricas, posibilitó inferir la ubicación de las construcciones adyacentes al faro y realizar un sondeo en el sector correspondiente a la casa del oficial torrero.
En esta intervención se identificaron vestigios vinculados con la construcción de la vivienda (chapas de zinc, maderas y clavos), así como con el consumo cotidiano de alimentos (restos faunísticos atribuibles a lobos marinos y lapas). De alguna forma, nos encontrábamos redescubriendo la vida cotidiana de oficiales, suboficiales y marineros destinados a un oficio tan especial como el de sostener el faro del fin del mundo. Compartíamos con ellos, por estos breves instantes, el frío implacable, las ráfagas del viento antártico y ese horizonte desprovisto de toda civilización. En los pliegues de esas chapas o en las astillas de las maderas podíamos intuir sus precarios refugios para resistir aquel desolado paraje. En los restos alimenticios, el claro aprovechamiento de la fauna local para la sustentación. Como ya fue dicho, esta fue una primera aproximación, que debe ser profundizada en futuras campañas.
Dadas sus mejores condiciones de resguardo como puerto, la prisión existente en San Juan de Salvamento fue mudada en 1899 hacia su nuevo emplazamiento en Puerto Cook. La locación llegó a albergar más de cien presos militares, con un piquete de veinte infantes de marina a su cargo. El presidio de Puerto Cook estaba constituido por diversas estructuras que cumplían múltiples funciones: calabozos, casa del jefe, panadería, letrinas y enfermería, entre otras. En las prospecciones realizadas, se registraron restos de los pilares de madera que sostenían estas estructuras y se desarrollaron tareas de medición para establecer posibles relaciones espaciales.
Cementerio de Puerto Cook.
Por otra parte, se realizó un registro fotográfico –que incluyó tomas con dron– del sitio y su entorno, así como de una estructura habitacional que, en virtud de las placas conmemorativas que exhibe, funciona como un sitio de memoria. Finalmente, se realizó un relevamiento fotográfico del cementerio, donde las placas no tienen nombre, sino solo una fecha que remite al año 1900. Por la información recogida, se sabe que allí yacen olvidados náufragos, presidiarios y marinos.
En el caso de la bahía Vancouver, ubicada en la cara sur de la isla y conectada con Puerto Cook a través de un istmo de 600 metros, en una ceja de monte se identificó una distribución de materiales en superficie, presuntamente relacionados con la llamada “Casilla de Eyroa”. Esta estructura, construida por Cándido Eyroa, Capitán de Fragata de la Armada Argentina, biógrafo y heredero de Luis Piedrabuena, funcionó como refugio para náufragos y base para una explotación pesquera a fines del siglo XIX. Según lo menciona el testimonio del periodista Roberto J. Payró en su libro La Australia Argentina (1898), el refugio se encontraba activo para entonces:
“Entramos en la casa, que se compone de dos departamentos, a saber: una pieza cuadrada y una cocinita adyacente. Está construida con chapas de hierro galvanizado, y forrada por dentro de madera, menos el techo. En la pared del fondo, frente a la puerta, un tablero contenía, en castellano, francés, e inglés, la siguiente hospitalaria inscripción:
AVISO
SE RUEGA A LOS SEÑORES NÁUFRAGOS U OTROS QUE USEN ESTA CASA, LA CUIDEN Y GASTEN SÓLO LOS VÍVERES NECESARIOS PARA SU SUSTENTO”.
Restos de la Casilla de Eyroa (puerto Vancouver).
Luego de nuestra llegada a Vancouver, el miembro más joven de la expedición, Vicente Diez, nos proporcionó el libro de Payró, y como modernos Heinrich Schliemann leímos el paisaje y encontramos nuestra pequeña Troya. Allí, los vestigios hallados comprendían chapas onduladas galvanizadas, maderas y clavazón, que coincidían con lo retratado por el periodista. Todos fueron fotografiados y georreferenciados para su posterior análisis.
La última etapa de la campaña tuvo lugar en Caleta Lacroix, en bahía Franklin, aquella de más difícil acceso para las embarcaciones de la expedición. Tras sortear escarceos y la amenaza de una tormenta en el horizonte, desembarcamos entre tambaleos en una pequeña embarcación neumática que nos dejó en un punto de la isla donde quedaríamos a nuestra propia merced. Dado que los veleros no podían permanecer anclados allí, por sus peligrosas aguas, debimos aguardar dos días el rescate por parte de la lancha ARA Indómita, comandada por el Capitán de Corbeta Gustavo Fernández y su segundo al mando, el Teniente de Navío Jonathan Ruiz Díaz.
Tras desembarcar, nos encontramos con un paisaje único. Playas de arenas negras colmadas de osamentas de ciervos y restos de naufragios, bajo la tenue luz que escapaba a los nubarrones, daban al sitio un cáliz espectral. Nuestras únicas compañeras, las cabras de monte descendientes de las que había traído Luis Piedrabuena con el objetivo de alimentar a los navegantes que allí recalaban o eran víctimas de un naufragio. Casualmente, y con base en la interpretación de fuentes escritas, esta zona se definió como uno de los sitios donde pudo haber varado el bergantín Espora, mismo lugar donde los náufragos montaron un campamento temporario para construir el cúter Luisito.
Relevamiento de restos de naufragio (Bahía Franklin).
Para constatar esta lectura histórica, se realizaron prospecciones, registros y muestreos, tanto en el interior de la caleta como en las barrancas próximas a los restos de cascos identificados en el intermareal. Además de las dos estructuras previamente localizadas, se hallaron otros materiales de origen náutico, que podrían corresponder a una o varias embarcaciones. Sobre la cara sur de la caleta, en un sector protegido y en altura, se hallaron artefactos de uso cotidiano, como una botella, botones, cuentas de vidrio y restos de planchas onduladas (galvanizadas). Junto a estos, también se identificaron restos de origen náutico, como una pieza de un timón, que podrían estar vinculados con aquellos registrados en la playa. Esta posible relación, así como la identidad de la embarcación y su posible vinculación con el Espora, serán evaluadas a partir de las evidencias recolectadas y futuras intervenciones.
Material arqueológico proveniente de bahía Franklin.
Una vez alcanzados los objetivos, restaba lograr salir de la bahía. Para ello contábamos con unos minutos de conexión vía internet satelital, gracias a un generador eléctrico que dejó de funcionar la última noche. Las nobles radios VHF que nos había proporcionado la Armada resultaron el único enlace que tuvimos con la embarcación, al asomar su proa en uno de los extremos de la bahía. Una hora y media de espera valió para notificarnos que seríamos rescatados y que en breve iniciaríamos el largo retorno hacia nuestros hogares.
Durante cuatro jornadas, nuestro equipo compartió la vida de aquellos abnegados marinos que sostienen la soberanía argentina en el único apostadero naval del Estado argentino en Isla de los Estados. A fuerza de guisos, y gracias a la invención de múltiples comidas, la dotación nos proveyó de lo necesario para recuperar fuerzas, reorganizar nuestros registros y comenzar a escribir el informe de campaña. Muy a pesar de la crudeza del clima y del limitado espacio que impone el fiordo, los marinos a cargo del Guardiamarina Matías Agüero sostenían una rutina de trabajo admirable.
Tras regresar a Ushuaia sanos y salvos, a bordo del ARA Indómita, cuya tripulación nos había adoptado y abrigado, retornamos a las instalaciones del Centro Austral de Investigaciones Científicas del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CADIC-CONICET). Además de reencontrarnos con nuestros compañeros de expedición, allí realizamos tareas de limpieza y registro de piezas que quedaron resguardadas en el laboratorio, acorde con las legislaciones provinciales, para futuros análisis por parte de diversos especialistas. A su vez, dado el interés que la investigación despertó en la comunidad, participamos de entrevistas radiales y televisivas en distintos medios locales.
Aquella experiencia imborrable y el esfuerzo mancomunado entre distintas profesiones, especialidades y disciplinas comenzaban a dar sus primeros frutos. Las múltiples historias de náufragos, presos y marinos que encierra la Isla de los Estados se abren ahora a la comunidad entera. La distancia entre aquellas voces encapsuladas en el tiempo y nuestro presente queda ahora acortada. Los objetivos planteados fueron cumplidos con creces, y los nuevos vínculos forjados prometen un porvenir de nuevas expediciones. Como siempre, observando el horizonte en busca de dragones.
Regreso a Ushuaia a bordo del ARA Indómita.
Al Capitán de Navío VGM (R) Roberto Ulloa y todo el equipo de la expedición “Aquí hay dragones”, por su generosidad, compromiso y apoyo, sin los cuales esta investigación no hubiera sido posible y al Capitán de Navío Sebastián Musa, Comandante del ARA Almirante Irízar.
Es licenciada en Antropología con orientación en Arqueología por la Universidad Nacional de Rosario. Además, es magíster en Arqueología Náutica y Subacuática por la Universidad de Cádiz (España) y doctora en Ciencias Sociales y Humanas por la Universidad Nacional de Luján. Actualmente, se desempeña como investigadora posdoctoral del CONICET, con lugar de trabajo en el Instituto de Arqueología de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. Integra el Área de Estudios en Arqueología Subacuática (ProArHEP-UNLu), el Grupo de Estudios de Arqueología Histórica de Frontera (GEAHF) y el Equipo de Arqueología Memorias de Malvinas (EAMM). Asimismo, forma parte del equipo editorial de Cuadernos de Antropología. Segunda Época y ha desarrollado actividades de docencia universitaria y capacitación en instituciones académicas y científicas. Sus principales líneas de investigación abarcan la arqueología histórica, la arqueología del conflicto y de asentamientos militares, la arqueología marítima y subacuática, el análisis espacial, el estudio de artefactos metálicos y la documentación y digitalización 3D del patrimonio mediante fotogrametría y drones. Ha participado en investigaciones terrestres y subacuáticas en Argentina y el exterior, así como en trabajos de archivo internacionales. Es autora de numerosas publicaciones científicas y ha desarrollado una amplia labor de divulgación a través de congresos, conferencias y medios de comunicación.
Es licenciado en Historia por la Universidad de Buenos Aires (2012) y doctorando en Arqueología en la misma institución. Actualmente, es becario doctoral del CONICET y desarrolla sus investigaciones en el Instituto de Arqueología de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. Es miembro fundador del Equipo de Arqueología Memorias de Malvinas (EAMM) y docente de la Universidad Nacional Arturo Jauretche. Integra el proyecto PICTO-2021-MALVINAS “Los rostros y la savia de la guerra de Malvinas. Organización social y económica de dos fuerzas terrestres en la defensa de Puerto Argentino, 1982”, financiado por la Agencia Nacional de Promoción Científica y Tecnológica (ANPCyT), así como el programa “Veteranos de Guerra de Malvinas (VGM), Arqueología y Salud Mental: una vinculación potencialmente enriquecedora”, desarrollado por instituciones académicas y el Centro de Salud Mental del Estado Mayor Conjunto de las Fuerzas Armadas. Sus investigaciones se centran en la arqueología histórica y del conflicto, con especial énfasis en la Guerra de Malvinas. Es autor de publicaciones en revistas científicas nacionales e internacionales, entre ellas Anales de Antropología, Anuario de Arqueología y la Revista de Arqueología Histórica Argentina y Latinoamericana, además de capítulos de libros publicados por editoriales internacionales como Archaeopress.
Es arqueólogo marítimo, especializado en el estudio del cambio tecnológico y la innovación náutica durante la Edad Moderna desde una perspectiva histórica, arqueológica y arqueométrica. Es doctor en Arqueología por la Universidad de Buenos Aires, con una tesis sobre innovación tecnológica y conflicto naval en Europa Occidental (1751-1815). Desde 2017 es investigador del CONICET y, desde 2025, investigador Ramón y Cajal en la Universidad de Cádiz, donde también se desempeña como docente del máster en Arqueología Náutica y Subacuática. En España cuenta con la acreditación de Profesor Titular de Universidad (ANECA) e Investigador Consolidado R3. Ha dirigido y participado en más de 40 proyectos de investigación nacionales e internacionales sobre naufragios entre los siglos XVII y XIX en América y Europa, con especial interés en embarcaciones de guerra y tecnología naval. Ha desarrollado una amplia trayectoria docente en universidades iberoamericanas y dirigido tesis de maestría y doctorado. Integra numerosos comités científicos y editoriales, y ha sido editor de revistas especializadas como Arqueología, Historical Metallurgy, SAS Bulletin y la Revista de Arqueología Histórica Argentina y Latinoamericana. Es autor de más de un centenar de publicaciones científicas y ha recibido reconocimientos internacionales por sus contribuciones a la arqueología marítima y náutica.
Es licenciado en Ciencias Antropológicas con orientación en Arqueología, magíster en Investigación en Ciencias Sociales y doctor en Arqueología por la Universidad de Buenos Aires. Actualmente, se desempeña como Investigador Independiente del CONICET, con sede en el Instituto de Arqueología de la Facultad de Filosofía y Letras (UBA). Integra Arqueo-Lab y es miembro fundador del Grupo de Estudios de Arqueología Histórica de Frontera (GEAHF), del Equipo Arqueología Memorias de Malvinas (EAMM) y de la Revista de Arqueología Histórica Argentina y Latinoamericana, publicación científica con referato e indexada. Anteriormente, formó parte del Grupo de Arqueometalurgia de la Facultad de Ingeniería (UBA). Sus líneas de investigación comprenden la arqueología histórica, la arqueología del conflicto, la arqueología de campos de batalla y fortificaciones, la arqueometalurgia, la arqueología rural y la antropología de la memoria, abordando problemáticas vinculadas con fronteras, cautiverio, migraciones rurales y conflictos bélicos. Ha desarrollado una extensa trayectoria docente en seminarios de grado y posgrado en universidades nacionales e internacionales. Actualmente, se desempeña como docente en la Cátedra Spota de Antropología del Ciclo Básico Común de la Universidad de Buenos Aires. Es autor de numerosas publicaciones científicas nacionales e internacionales.
Es doctora en Arqueología por la Universidad de Buenos Aires e investigadora del Centro Austral de Investigaciones Científicas (CADIC-CONICET) en Ushuaia, Tierra del Fuego. Su trayectoria se ha centrado en la zooarqueología, con especial énfasis en las relaciones entre las sociedades cazadoras-recolectoras costeras y los recursos marinos del extremo austral de Sudamérica. Sus investigaciones han abordado la explotación, el procesamiento y el consumo de pinnípedos, incluyendo estudios sobre identificación taxonómica, estimación de edad y sexo, patrones de procesamiento de carcasas y estrategias de aprovisionamiento, así como sobre los impactos humanos en los ecosistemas costeros mediante enfoques zooarqueológicos, tafonómicos e isotópicos. En los últimos años, ha desarrollado una línea de investigación sobre cetáceos arqueológicos, incorporando técnicas paleoproteómicas, especialmente Zooarchaeology by Mass Spectrometry (ZooMS), junto con análisis genéticos e isotópicos para la identificación de restos altamente fragmentados y la reconstrucción de la explotación de cetáceos y de los ambientes marinos del pasado. Ha participado en numerosos proyectos financiados por organismos nacionales y es autora de publicaciones en revistas científicas nacionales e internacionales, entre ellas Latin American Antiquity, Environmental Archaeology, Quaternary International, Intersecciones en Antropología y Journal of Island and Coastal Archaeology. También desarrolla actividades de divulgación y comunicación pública de la ciencia vinculadas al patrimonio arqueológico fueguino.
Es arqueólogo, Investigador Principal del CONICET y Director del Centro Austral de Investigaciones Científicas (CADIC) en Ushuaia, Argentina. Es licenciado en Ciencias Antropológicas con orientación en Arqueología y doctor en Arqueología por la Universidad de Buenos Aires, donde actualmente se desempeña como profesor adjunto de la cátedra de Arqueología Americana y Argentina I. Su investigación se centra en la arqueología de cazadores-recolectores, la paleoecología humana y el poblamiento de los paisajes costeros del extremo austral de Sudamérica, especialmente en Tierra del Fuego y el canal de Beagle. Desarrolla enfoques interdisciplinarios que integran arqueología, zooarqueología, análisis isotópicos, paleoecología y reconstrucciones paleogeográficas para comprender las relaciones entre las sociedades humanas y los ambientes del Holoceno. Ha realizado importantes aportes al estudio de la explotación de recursos marinos, la movilidad, la organización de la subsistencia y la colonización de ambientes costeros, además de participar en proyectos internacionales sobre paisajes marítimos de altas latitudes. Es autor y editor de numerosos libros y de más de setenta artículos científicos en revistas internacionales. Asimismo, dirige tesis doctorales, becarios e investigadores, promoviendo investigaciones interdisciplinarias sobre la arqueología y la historia ambiental del extremo sur de América y la dinámica de las ocupaciones humanas a largo plazo.
Fundado en 1882, el Centro Naval es una asociación constituida esencialmente por oficiales de la Armada teniendo como norte la tradición naval.
Copyright © Centro Naval. Todos los derechos reservados.
Designed by HTML Codex